La gratitud de un hombre con meses de vida
El último ensayo de Oliver Sacks.
Oliver Sacks fue un neurólogo británico que pasó décadas estudiando los rincones más extraños del cerebro humano. Escribió sobre el hombre que confundía a su esposa con un sombrero, sobre pacientes que llevaban años dormidos y un día despertaron, sobre personas que perdieron la capacidad de reconocer colores o rostros. Sus libros convirtieron casos clínicos en historias profundamente humanas. Murió en agosto de 2015, a los ochenta y dos años.
Unos meses antes, ya con el diagnóstico de un melanoma terminal en el hígado, Sacks se sentó a escribir. No un testamento. No una lista de pendientes. El resultado fue “Gratitud”, cuatro ensayos sobre cómo se sentía estar vivo a los ochenta y uno, sabiendo que pronto iba a dejar de estarlo.
“No puedo pretender que no tengo miedo. Pero lo que más siento es gratitud.”
Uno espera rabia de alguien que se está muriendo, o al menos resistencia. Sacks reconoce el miedo, no lo esconde, pero dice que lo que más siente es gratitud. Por haber amado, por haber leído, por haber tenido esa conversación larga y extraña que es escribir para alguien que uno nunca va a conocer. Y termina diciendo que haber sido un animal pensante en este planeta ya fue, en sí mismo, un privilegio enorme.
Sacks agradece la condición misma: haber estado aquí, haber sido consciente de que estaba aquí. Haber abierto los ojos cada mañana y sabido que estaba aquí. Los libros, los pacientes, la neurología fueron lo que hizo con ese tiempo. Pero el tiempo mismo ya era suficiente.
Vivimos la mayoría de nuestros días sin registrarlos. Uno va al supermercado, contesta correos, se queja del tráfico, calienta la comida de ayer. Días que pasan sin que uno se dé cuenta de que están pasando. Sacks, con meses de vida, mira hacia atrás y dice: fue suficiente. Mientras tanto uno, con años por delante, anda convencido de que todavía falta algo.
La cultura del propósito insiste en que la vida vale por lo que uno produce, por la marca que deja.
Sacks, dice que no: dice que la vida valió porque la sentí. Porque estuve despierto mientras pasaba. Eso suena sencillo hasta que uno intenta aplicarlo un martes a las tres de la tarde, con el cansancio encima y cinco correos urgentes por contestar.
Es fácil leer las palabras de Sacks y convertirlas en un póster motivacional, en algo bonito para compartir un domingo por la mañana.
Pero Sacks escribió eso sabiendo que no iba a ver otro invierno. Cuando alguien en esa posición mira para atrás y dice “fue suficiente,” uno se queda sin dónde esconderse.
Porque si a él le alcanzó con haber estado despierto mientras pasaba, ¿qué es exactamente lo que uno anda esperando?

