El último abrazo de María
Una tradición ortodoxa griega del Viernes Santo.
De niño, cada Viernes Santo participaba en la procesión del Epitafio, una tradición griega ortodoxa en la que se carga simbólicamente el cuerpo de Cristo, cubierto de flores, recorriendo lentamente las calles mientras se canta una antigua melodía, “Ω γλυκύ μου έαρ” (“¡Oh mi dulce primavera!”):
La procesión termina siempre en el mismo lugar: la imagen de la Virgen María sosteniendo a su hijo muerto. Su canto dice:
“Ω γλυκύ μου έαρ, γλυκύτατόν μου τέκνον, πού έδυ σου το κάλλος;”
– “¡Oh mi dulce primavera, mi dulcísimo hijo! ¡¿Dónde se ha marchitado tu hermosura?!”
Una madre abrazando a su hijo por última vez. Y lo llama primavera.
De niño no le prestaba mucha atención…uno repite los cantos, pone las flores, sigue la procesión sin pensar demasiado. Fue de adulto que esa palabra me cayó encima.. María no dice “mi pobre hijo” ni “mi hijo sacrificado”. Dice primavera, justamente cuando sabe que todo se acabó.
Encuentra el cuerpo frío y usa la palabra que uno usa para lo que está por florecer.
Cada año, las comunidades griegas alrededor del mundo compartimos esta experiencia. No es un ritual triste, aunque se siente triste.
Es más bien un ensayo colectivo de algo que cuesta mucho hacer solo: quedarse dentro del dolor el tiempo suficiente para que cambie de forma.
Epicteto decía que la adversidad revela al hombre a sí mismo. Yo creo que decía poco. La adversidad obliga a decidir quién vas a ser después. Y esa decisión se toma durante oscuridad, sin saber qué pasará al final.
La procesión del Epitafio ocurre en ese punto exacto entre un final y lo que viene después. El sábado todavía no llega. La resurrección todavía no existe.
Solo hay un cuerpo cubierto de flores y la madre que insiste en llamarlo primavera.
Los momentos más difíciles que he vivido se parecen más al abrazo que a la resurrección.
Al rato ese donde uno todavía no sabe si lo que viene será mejor, pero ya toca soltar lo que uno tenía.



