El Último Abrazo de María
Una tradición ortodoxa griega del Viernes Santo.
De niño, cada Viernes Santo participaba en la procesión del Epitafio, una tradición griega ortodoxa en la que se carga simbólicamente el cuerpo de Cristo, cubierto de flores, recorriendo lentamente las calles mientras se canta una antigua melodía, “Ω γλυκύ μου έαρ” (“¡Oh mi dulce primavera!”):
El momento de culminación: María y su duelo
La procesión culmina en un momento conmovedor: la imagen de la Virgen María sosteniendo a su hijo muerto, cantando con tristeza, “Ω γλυκύ μου έαρ, γλυκύτατόν μου τέκνον, πού έδυ σου το κάλλος;” – "¡Oh mi dulce primavera, mi dulcísimo hijo! ¡¿Dónde se ha marchitado tu hermosura?!".
Esta frase sencilla pero desgarradora contiene todo el dolor de una madre que abraza a su hijo por última vez.
Cada año, las comunidades griegas alrededor del mundo compartimos esta experiencia colectiva no para hundirnos en tristeza, sino para recordarnos que el sufrimiento puede ser el primer paso hacia algo nuevo.
Dolor y esperanza
Lo trascendental de este momento es la mezcla de dolor y esperanza. María llama a Jesús "mi dulce primavera" justamente cuando parece que todo ha terminado. Al llamar "primavera" lo que aparenta ser el fin, encuentra en medio del duelo una semilla de esperanza.
Los estoicos entendían algo similar al hablar de aceptar el sufrimiento como una parte esencial de la vida.
Epicteto decía: “La adversidad revela al hombre a sí mismo”. No se trata de buscar el dolor, sino de reconocer que atravesar la oscuridad es a veces la única forma de llegar a la luz.
Transformación por la oscuridad
Es curioso cómo los momentos más difíciles suelen ser también los más transformadores, como si necesitáramos tocar fondo para impulsarnos hacia arriba. La procesión del Epitafio simboliza justamente eso: el punto exacto entre un final (la muerte de Jesús) y un nuevo comienzo (su resurrección).
El dolor de María, ese "mi dulce primavera", siempre me recuerda dos cosas fundamentales:
Que el dolor es inherente a la vida y atravesarlo nos transforma.
Que incluso en los momentos más oscuros, ya llevamos dentro la semilla de lo que está por venir.
En esos finales que nos resistimos a aceptar, nacen nuevos, tal vez mejores comienzos.
En ese último abrazo, donde todo parece perdido, nace una nueva primavera.
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~ El Griego Estoico



