El Barco Vacío: Una Lección Zen Sobre La Ira Y Las Barreras Autoimpuestas
Cómo construimos nuestras propias trampas emocionales y asignamos significados innecesarios.
En una clásica historia Zen, había una vez un hombre que, en un hermoso día soleado, decidió tomar su pequeño barco y navegar por un tranquilo lago. Disfrutaba del azul profundo del agua y la suave brisa que acariciaba su rostro. Todo era perfecto hasta que notó en la distancia una embarcación que se acercaba.
A medida que la embarcación se acercaba, el hombre se sentía cada vez más perturbado. Lo que era un día perfecto de paz y tranquilidad se estaba convirtiendo en un momento de frustración y enojo. Agitaba su puño en el aire y gritaba al barco, intentando alejarlo, pero la embarcación parecía acercarse más y más.
Finalmente, el barco se acercó lo suficiente para que el hombre pudiera ver claramente su interior. Para su sorpresa, estaba vacío. No había nadie a quien culpar, nadie que perturbara su día perfecto. Había estado gritando y enfadándose con un barco sin timonel, un objeto inanimado que simplemente flotaba.
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La lección de este relato es clara: nosotros creamos nuestras propias razones para enfadarnos, proyectando nuestros sentimientos en situaciones o cosas que no tienen la capacidad de causar ningún daño. Como el hombre y el barco vacío, a menudo construimos obstáculos y creamos conflictos donde no los hay.
Además, solemos atribuir juicios de valor innecesarios a los eventos de nuestra vida. La mayoría de lo que sucede no es intrínsecamente bueno o malo. Es nuestra perspectiva y nuestro estado emocional lo que colorea nuestras experiencias. En lugar de etiquetar y juzgar, si adoptamos una actitud de aceptación y observación, podemos evitar muchos de los disturbios emocionales que nosotros mismos generamos.
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~ El Griego Estoico


